El Distanciamiento Social Representado y Vivido por Un Cuadro.

El Distanciamiento Social Representado y Vivido por Un Cuadro.

Edgar Degas, El Ajenjo, Óleo sobre Lienzo, 1876, Museo de Orsay, Paris.

El Ajenjo es una pintura de la que bien podría decirse que representa el aislamiento. Lo representa en un sentido gráfico, literal. En un café parisino -el Café de la Nouvelle– dos individuos, una mujer y un hombre, se muestran cabizbajos y distantes respectivamente. No tienen otra compañía más que ellos mismos y las intactas bebidas en su mesa. No hay más sombras que las de sus siluetas. No hay nadie a su alrededor. Nadie enfrente suyo, nadie a un lado. Sólo el ambiente de un recinto social vacío. O, por lo menos, del fragmento de éste que está representado en la pintura. Ambas figuras están separadas sobre la superficie pictórica, la cual brilla por su mitad vacía (re)llena con tonos claros.

El Ajenjo, fue pintado por el artista Edgar Degas en 1876. Ese mismo año fue expuesta en El Segundo Salón Impresionista, donde fue criticada de “fea” y “repugnante”. Como haría un sujeto rechazado y casi encogido de hombros, este cuadro fue almacenado y no volvió a la vista pública hasta 1892-1893. El Ajenjo, podría decirse, fue víctima del rechazo -quizá auto infligido por su creador al no crearlo para entonar con las expectativas artísticas de la época- lo que lo llevó sin más al aislamiento. A una cuarentena que lo alejó de la mirada del público.

Cuando en 1893 volvió a ser exhibido en la ciudad de Londres, Inglaterra, críticos victorianos como Walter Crane lo tacharon de atacante de la moralidad. La reacción de Cane no fue otra cosa que la evidencia de la mirada sospechosa que el ser humano suele tener frente a lo desconocido (o lo potencialmente peligroso). Mirada que, tarde o temprano, condena al aislamiento y al encierro del que es mirado. El Ajenjo, amenazaba ante sus ojos el ideal de buen comportamiento de los individuos en sociedad. Dos individuos de mal aspecto, emocionalmente distantes y que además bebían, no entonaban con las espectativas cívicas y morales de la época victoriana.

Representante de la soledad que viven dos figuras psico-socialmente distantes y distanciado de la sociedad por la presión de los críticos de arte, El Ajenjo es un cuadro digno de contemplar y con el cual empatizar desde cualquier situación de encierro o clausura.

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